Este disco sorprende. No sólo dentro de la escena pop/rock actual, sino además dentro del minimal. Me apetece mucho ver con qué cara se ha quedado Nathan Fake al escucharlo por primera vez, o Dominik Eulberg o incluso Sven Väth. La forma es simple hasta la médula, pero ahí radica su fuerza. El disco es infinitamente más grande que la suma de sus partes.
El proceso de composición del sueco Axel Willner (único componente de The Field) es muy simple, pero no había sido explorado hasta la fecha. Es verdadera composición: poner sonidos juntos para producir una canción. Sobre un beat constante y omnipresente compuesto por un bombo y un charles ínfimo, que varía muy de vez en cuando, su método consiste en una progresión de acordes, en el sentido más básico de la palabra: acordes puestos uno detrás de otro. Pero la complejidad se encuentra cuando descubrimos cómo lo hace: Willner samplea trozos de canciones de gente, de discursos, de conciertos acústicos, de lo que sea, para encontrar un loop que dure un segundo, y le asigna el lugar del acorde a ese loop. Luego busca otro y cubre el puesto del siguiente acorde, hasta que tiene los “acordes” que necesitaba, y después mezcla en directo con Jeskola Buzz (software secuenciador de segunda gama) y le añade toques mínimos que dan continuidad a la canción.
Y así salen solas sus genialidades.
Willner no es un músico convencional -basta escuchar dos segundos de su primera canción para darse cuenta-, no pretende enganchar tu atención mediante trucos ni artificios, legítimos o ilegítimos. En vez de eso construye un discurso basado en la repetición de momentos que causan variadas sensaciones, lo que hace grande el título del disco (empezando desde aquí lo hacemos sublime). Un discurso musical basado en la repetición ha sido explorado tan solo recientemente (por muchos artistas electrónicos y por bandas que gustan de la electrónica, de la talla de Radiohead o Pink Floyd), y muy, pero que muy, antiguamente, al estilo de los mantras budistas o Hare Krishna, y es un método tan poco usual como efectivo. Ahí reside el trance del que dicen ser maestros Laurent Garnier o Sven Väth, por poner ejemplos.
El disco abre con Over the Ice, su canción más adecuada para el primer puesto, por ser la más potente y la más simple a la vez.
El segundo lugar lo ocupa A Paw in my Face, de cuyo final se puede adivinar el estilo de composición de Willner. Seguimos con varias pistas que no requieren de mucha explicación. Es más de la misma genialidad.
Everyday es el track con más fuerza del disco, junto al primero. Silent podría considerarse la balada del disco, con geniales pianos sampleados con reverse. The Deal es probablemente su canción más ambiciosa y de estilo más cercano al Trance, seguida por Sun & Ice, de similar factura.
Mobilia es la canción más oscura y el tercer highlight del disco. Produce una estupenda y terrorífica mezcla de sonidos orquestales y susurros claustrofóbicos, para acabar con algo que suena como un Ondes Martenot de los de Johnny Greenwood o unas guitarras tocadas con Ebow.
From Here We Go Sublime cierra con la canción del mismo nombre, una experimental mezcla que se ralentiza infinitamente, hasta hacernos entrar en un letargo profundo que aumenta exponencialmente nuestras ganas de escuchar el disco de nuevo.
Un álbum excelente.

Over the Ice / Silent